Don Quijote

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siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el
error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones
que consistan en especulación del entendimiento, ni que vayan fundadas en
artículos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, fáciles,
intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matemáticas
que no se pueden negar, como cuando dicen: "Si de dos partes iguales
quitamos partes iguales, las que quedan también son iguales"; y, cuando
esto no entiendan de palabra, como, en efeto, no lo entienden, háseles de
mostrar con las manos y ponérselo delante de los ojos, y, aun con todo
esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra
religión. Y este mesmo término y modo me convendrá usar contigo, porque el
deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello
que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado
el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le
quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de
tu mal deseo; mas no me deja usar deste rigor la amistad que te tengo, la
cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte.
Y, porque claro lo veas, dime, Anselmo: ¿tú no me has dicho que tengo de
solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a una
desinteresada, servir a una prudente? Sí que me lo has dicho. Pues si tú
sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y prudente, ¿qué
buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como
saldrá sin duda, ¿qué mejores títulos piensas darle después que los que
ahora tiene, o qué será más después de lo que es ahora? O es que tú no la
tienes por la que dices, o tú no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo
que dices, ¿para qué quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo
que más te viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente
cosa será hacer experiencia de la mesma verdad, pues, después de hecha, se
ha de quedar con la estimación que primero tenía. Así que, es razón
concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder
daño que provecho es de juicios sin discurso y temerarios, y más cuando
quieren intentar aquellas a que no son forzados ni compelidos, y que de muy
lejos traen descubierto que el intentarlas es manifiesta locura. Las cosas
dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos:
las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos,
acometiendo a vivir vida de ángeles en cuerpos humanos; las que se acometen
por respeto del mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de
agua, tanta diversidad de climas, tanta estrañeza de gentes, por adquirir
estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el
mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas veen en
el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una
redonda bala de artillería, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer
discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en
vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su nación y por su
rey, se arrojan intrépidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes
que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra,
gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y
peligros. Pero la que tú dices que quieres intentar y poner por obra, ni te
ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los
hombres; porque, puesto que salgas con ella como deseas, no has de quedar
ni más ufano, ni más rico, ni más honrado que estás ahora; y si no sales,
te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda, porque no te ha de
aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la desgracia que te ha
sucedido, porque bastará para afligirte y deshacerte que la sepas tú mesmo.
Y, para confirmación desta verdad, te quiero decir una estancia que hizo el
famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de Las lágrimas de
San Pedro, que dice así:
Crece el dolor y crece la vergüenza
en Pedro, cuando el día se ha mostrado;
y, aunque allí no ve a nadie, se avergüenza
de sí mesmo, por ver que había pecado:
que a un magnánimo pecho a haber vergüenza
no sólo ha de moverle el ser mirado;
que de sí se avergüenza cuando yerra,
si bien otro no vee que cielo y tierra.
Así que, no escusarás con el secreto tu dolor; antes, tendrás que llorar
contino, si no lágrimas de los ojos, lágrimas de sangre del corazón, como
las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta que hizo la
prueba del vaso, que, con mejor discurso, se escusó de hacerla el prudente
Reinaldos; que, puesto que aquello sea ficción poética, tiene en sí
encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e
imitados. Cuanto más que, con lo que ahora pienso decirte, acabarás de
venir en conocimiento del grande error que quieres cometer. Dime, Anselmo,
si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho señor y legítimo posesor
de un finísimo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos
cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de común parecer
dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podía estender
la naturaleza de tal piedra, y tú mesmo lo creyeses así, sin saber otra
cosa en contrario, ¿sería justo que te viniese en deseo de tomar aquel
diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, y allí, a pura fuerza
de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y más, si
lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a
tan necia prueba, no por eso se le añadiría más valor ni más fama; y si se
rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdería todo? Sí, por cierto,
dejando a su dueño en estimación de que todos le tengan por simple. Pues
haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es fínisimo diamante, así en tu
estimación como en la ajena, y que no es razón ponerla en contingencia de
que se quiebre, pues, aunque se quede con su entereza, no puede subir a más
valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde
ahora cuál quedarías sin ella, y con cuánta razón te podrías quejar de ti
mesmo, por haber sido causa de su perdición y la tuya. Mira que no hay joya
en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el
honor de las mujeres consiste en la opinión buena que dellas se tiene; y,
pues la de tu esposa es tal que llega al estremo de bondad que sabes, ¿para
qué quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal
imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga,
sino quitárselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para
que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfeción que le falta, que
consiste en el ser virtuosa. Cuentan los naturales que el arminio es un
animalejo que tiene una piel blanquísima, y que cuando quieren cazarle, los
cazadores usan deste artificio: que, sabiendo las partes por donde suele
pasar y acudir, las atajan con lodo, y después, ojeándole, le encaminan
hacia aquel lugar, y así como el arminio llega al lodo, se está quedo y se
deja prender y cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y perder y
ensuciar su blancura, que la estima en más que la libertad y la vida. La
honesta y casta mujer es arminio, y es más que nieve blanca y limpia la
virtud de la honestidad; y el que quisiere que no la pierda, antes la
guarde y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el arminio
se tiene, porque no le han de poner delante el cieno de los regalos y
servicios de los importunos amantes, porque quizá, y aun sin quizá, no
tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por sí mesma atropellar y
pasar por aquellos embarazos, y es necesario quitárselos y ponerle delante
la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en sí la buena fama. Es
asimesmo la buena mujer como espejo de cristal luciente y claro; pero está
sujeto a empañarse y escurecerse con cualquiera aliento que le toque. Hase
de usar con la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y
no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer buena como se guarda y
estima un hermoso jardín que está lleno de flores y rosas, cuyo dueño no
consiente que nadie le pasee ni manosee; basta que desde lejos, y por entre
las verjas de hierro, gocen de su fragrancia y hermosura. Finalmente,
quiero decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los oí en
una comedia moderna, que me parece que hacen al propósito de lo que vamos
tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que
la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones, le dijo éstas:
Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.
Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opinión estén
todos, y en razón la fundo:
que si hay Dánaes en el mundo,
hay pluvias de oro también.
Cuanto hasta aquí te he dicho, ¡oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te
toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a mí me conviene; y si
fuere largo, perdóname, que todo lo requiere el laberinto donde te has
entrado y de donde quieres que yo te saque. Tú me tienes por amigo y
quieres quitarme la honra, cosa que es contra toda amistad; y aun no sólo
pretendes esto, sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la
quieres quitar a mí está claro, pues, cuando Camila vea que yo la solicito,
como me pides, cierto está que me ha de tener por hombre sin honra y mal
mirado, pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello que el ser quien
soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la quite a ti no hay
duda, porque, viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar que yo he
visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal
deseo; y, teniéndose por deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su
mesma deshonra. Y de aquí nace lo que comúnmente se platica: que el marido

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